Un pensamiento en el cruce, de Desam. Ferrández

Castellón, 26 de febrero de 2018
Pensamiento compartido por Desam. Ferrández

 

Un pensamiento en el cruce del meridiano de Greenwich con el paralelo 40, en el parque del Meridano de Castellón

Este es uno de esos pensamientos que no sabes ni porqué ni para qué vienen, sin embargo se presenta insistente y hasta que no lo escribes no para de repetir la misma estrofa.

Así es que ahí va, no sé si es para mí,  para ti o quizás para todos.

Los humanos hacemos y deshacemos a nuestro antojo, creamos y luego destruimos. Segamos la vida de un árbol en plena juventud, hacemos plantaciones y luego las deshacemos, desforestamos, nos falta amor por la naturaleza, e incluso diría que más que amor nos falta respeto.

Respeto a estos magníficos árboles que  con todo su poder se presentan ante nosotros y con humildad nos dan sombra, oxígeno y permiten que nos aproximemos a ellos. Hacemos plantaciones de especies que están fuera de su hábitat, remodelamos jardines y para ello matamos vidas, quitamos los árboles que estaban y ponemos otros para que quede bonito a nuestra vista, ya que nuestra mente ha creado en un despacho el diseño del jardín.

Nuestra mente es capaz de crear muchísimo, invadimos espacios para nuestras plantaciones, o para nuestras colmenas, sin tener la más mínima contemplación ante la naturaleza real de nuestro hermano árbol.

Paseando vemos flores bonitas en el campo, hasta matorrales, nos gusta todo, sin embargo los cortamos y lo llevamos para ponerlo en un jarro sin vida dentro de nuestra casa, para disfrutar unos días de su belleza efímera, adornamos con flores muertas nuestro hogar porque nos gusta, aunque luego, cuando vamos a la naturaleza las pisoteamos porque están a nuestro paso, arrasamos con ellas sin pensar que ellas estaban antes. Solo porque nosotros somos más grandes, nos creemos con más poder, ese poder que hace al humano ególatra y vanidoso.

Y yo ¿Dónde me encuentro? Yo me hallo sentada en el suelo debajo de los árboles, disfrutando de ellos, honrándolos y sí, es cierto qué hace tiempo también cortaba flores, también me las llevaba a mi hogar para hacerlas mías, creyendo que así embellecía la casa, y que aguantarían a pesar de haberles cortado el cuello. Por fortuna,  he cambiado mi forma de entender la vida que me rodea, ahora con todo el respeto y con toda humildad venero, admiro, y observo, me quedo debajo de un árbol meditando, sintiendo como salen estas palabras de lo más profundo de mi alma y todo esto porque he visto un huerto de árboles arrancados, cortados desde el pie. Cortaron las piernas para que no crezcan a los que unos años antes les dieron alas para que sus ramas volaran hacia el cielo.

Esta reflexión no es para estar triste, esto es solo para ser más consciente de que con todo el respeto, puedo ir al bosque y  pasear sin pisar vida, sin pisar flores ni arrancarlas, observándolas y disfrutando de su natural belleza, agradeciendo su perfume, su sombra e incluso su medicina. Conservando el entorno naturalmente,  tal y como merecen, cohabitando todas las especies juntas.

Gracias, hermanos árboles.

Gracias, hermana naturaleza.

Gracias, vocecita quisquillosa, que me haces más sensata y sensible.

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