Unas bellas experiencias de las que fui testigo

Madrid, 22 de diciembre de 2018
Escrito por Jose Mª Escudero Ramos

 

Hace unos años, un día de reyes, paseaba a mis perros por la calle cuando me encuentro a un amigo que vive cerca de mi casa, curiosamente se llama Ángel, se ve que los atraigo. Iba a comprar un roscón de reyes a una nueva panadería del barrio. Antes de entrar nos cruzamos con una mujer “sin techo”, estaba durmiendo en una calle próxima. Nuestras miradas se cruzan y, sentí como una mirada tierna, llena de amor. Mi amigo no entró a la panadería, le acompañé al cajero y sacó algo de dinero. Ángel vive al límite, como muchos de nosotros, el día 10 ya no tiene apenas dinero en la cuenta. Sacó 20 euros y volvimos a la panadería. Compró dos roscones pequeños. Me extrañó, pero no le pregunté, es más barato uno mediano que dos pequeños, pero bueno…lo mismo tenía invitados y necesitaba dos…El caso es que me dice que si no me importa dar una vuelta con los perros por otro recorrido que no es el habitual para mí. No me importa, respondo, y continuamos hablando de lo que se puede hacer para cambiar el mundo. Vemos de nuevo a la mujer de la tierna mirada, nos acercamos y mi amigo le da uno de los roscones, con todo cariño pregunta ¿te molesta que te ofrezca un roscón? Ella miró llena de amor y lo aceptó encantada. Feliz día de reyes, dijo Ángel, y dejamos a la mujer con una inmensa sonrisa.

Yo me quedé sin palabras y volvimos a nuestras casas, yo en un respetuoso silencio, mientras escuchaba su fantástico discurso de cómo cambiar la vida.

No he vuelto a ver a esa mujer por el barrio, quizás haya cambiado su vida tras ese roscón de reyes.

Días después, una mañana, me volví a encontrar con Ángel cuando regresaba del colegio de dejar a María, mi peque. Caminamos unas manzanas juntos. Hacía frío y quizás no era buena idea volver a casa andando, pero hay que entrenar y hacer ejercicio, así que caminando siempre, con frío o con calor.

En una esquina, mientras esperábamos a que el semáforo se pusiese en verde para los peatones, vimos a un joven “sin techo” parado en la esquina, con bastante poca ropa, sucia y rota. Mi amigo se quita el abrigo, me lo da para que se lo sujete mientras se quita el jersey que llevaba. Se lo ofrece al joven “sin techo” pero éste no lo acepta, dice que está bien y nos sonríe.

Volvimos a casa rebosantes de felicidad. Su generosidad y entusiasmo por la vida es muy contagiosa.

Da gusto tener amigos así, yo tengo muchos amigos como Ángel,
¿Cuántas lecciones y mensajes nos da la vida al cabo del día? ¿cuántos de nosotros estamos despiertos para ver las oportunidades de actuar como un ángel para alguien en el momento justo?

Despertemos, compartamos, amemos.

Gracias por ser ejemplo.

Gracias por estar ahí.

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