El Velero de Alberto López Fernández.

El Velero, cuento canalizado por Alberto López Fernández

 

 El velero no era el velero más grande,  pero sí el más rápido de todo el puerto. Su quilla se abría paso entre las aguas como si fuesen aire. Sus velas, blancas como la nieve que cubre las cumbres montañosas, se henchían con el viento de la mañana y permitían que el barco maniobrase y avanzase con una facilidad increíble, pasmosa, dejando asombrados a todos aquellos que contemplaban ese espectáculo. El timonel, el más avezado del puerto, era capaz de reconocer las más sutiles corrientes, los más peligrosos escollos, las nubes más amenazadoras, y conducía al bajel a los puertos más seguros, siempre conocedor de cómo evitar los peligros, de cómo refugiarse en las calas más cercanas, de cómo alejarse de las tormentas más oscuras. Era un barco ágil, rápido.

 Un barco que pasado el tiempo empezó oxidarse, a envejecer y tuvo que recalar en puerto; allí la vejez y la podredumbre le alcanzaron, y poco a poco el recuerdo de sus hazañas y de sus seguros caminos se fue olvidando; la madera se pudría, las velas se deshacían en agujeros interminables, y el viento, que antaño le impulsaba, pasaba de largo sin acariciar siquiera su estructura de madera, sin besar siquiera esas níveas velas que antes había acariciado con tanto cariño y tanto esmero. El barco, al cabo del tiempo, terminó convirtiéndose en una ruina que zozobró y se hundió en el puerto, siendo ahora nada más que un estorbo que impedía que otros barcos anclasen con seguridad; que impedía que los niños del pueblo que, llenos de coraje, de alegría, de pasión, se arrojaban al mar desde lo alto del malecón, pudiesen hacerlo con total seguridad.

 Y aquel, aquel que fue un avezado barco, un atrevido marinero, un sabio capitán, se convirtió nada más que en unas ruinas que ahora afeaban el fondo del puerto, que impedían entrar y salir con seguridad y comodidad a los nuevos bajeles más rápidos, más seguros, con capitanes más avezados, con marinería más experimentada.

 Y aquel que fue grande, fue olvidado.

 Y aquel que cosechó victorias cayó en el olvido. Sus leyendas pronto se desvanecieron. Sus hazañas pronto fueron olvidadas y relegadas en la memoria de aquellos que, siendo más ancianos, terminaron también por fallecer. Las nuevas generaciones nada sabían de esas ruinas que ahora sumergidas afeaban el puerto. Los niños, que protestaban a sus padres porque el barco les impedía nadar con seguridad y tranquilidad, ya ni siquiera jugaban entre sus ruinas,  pues sus temerosos padres les habían hablado de lo peligroso que era nadar cerca de los restos de aquel bajel que nadie conocía, de aquel barco que nadie sabía qué había hecho, qué mares había navegado y qué vientos le habían propulsado.

 Y el que una vez fue grande, valeroso, atrevido, reconocido y vanagloriado por sus hazañas, hoy descansaba hundido en las aguas más sucias del puerto, perdida su memoria, olvidadas sus hazañas; pasadas conquistas que ya nadie recordaba, y que a nadie ya importaban. Sólo, sólo el más anciano del lugar recordaba el nombre de ese bajel: Orgullo, se llamaba.

 El Orgullo que tantas victorias había cosechado, que tantos viajes había realizado, que tantas ganancias había obtenido, descansaba ahora en el fondo del puerto, podrido; siendo sólo una molestia y estorbo para los nuevos bajeles que entraban y salían, siendo sólo un peligro para los niños que nadaban cerca, siendo sólo una molestia para los ojos de los visitantes que se acercaban al puerto.

 Ahí, ahí yace el Orgullo, dijo el más anciano del lugar. Aquel que en un tiempo fue grande, aquel que en un tiempo fue valiente, aquel que en un tiempo fue heroico y conquistó grandes gestas y hazañas.

 Ahí yace el Orgullo, repitió de nuevo el más anciano del lugar. Nadie supo de qué hablaba, nadie recordaba ya el nombre de ese extraño y ahora feo bajel que afeaba el puerto de la ciudad; nadie sabía de sus hazañas, de sus historias, de las tormentas que había atravesado y de los puertos en los que había recalado.

 Nadie sabía qué era ese montón de ruinas que tanto molestaban y afeaban; nadie sabía de sus pasadas glorias, de sus victorias, de sus viajes, de sus velas blancas henchidas por el viento, de su avezado timonel, de su experimentado capitán.

 Nadie sabía ya nada de él. Sólo el más anciano del lugar que pronto falleció, llevándose a la tumba el último recuerdo de aquel bajel.

 Un bajel que poco a poco fue terminando de desvanecerse en las aguas sucias del puerto; pronto sus escombros, los pocos que ya quedaban, fueron retirados, pues la marinería siempre protestaba, pues los niños se asustaban a ver ese pecio, pues los visitantes comentaban cómo ese pecio afeaba el puerto de la ciudad.

 Así pues, aquel bajel que tan importante fue, pronto fue un escombro retirado con disgusto por la marinería.

Y el último, el último que recordaba de él, falleció, llevándose para siempre su recuerdo y su nombre, sus hazañas y sus victorias, y el nombre de los mares que había surcado.

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One Response to El Velero de Alberto López Fernández.

  1. Angela says:

    Un cuento que te transporta a ese mar, ese aire, las velas blancas del barco! Me ha hecho soñar. Luego .. el olvido y la desaparición.. como todo se acaba

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