Una Nochebuena realmente buena

Madrid, 14 de diciembre de 2016

Redactor: Jose Mª Escudero Ramos. Texto extraído de www.susurrosdeluz.com

 

Estoy recordando la Nochebuena de 2015. Mi amigo Ángel de Luz me llamó emocionado.  Estuve escuchándole toda la noche, no sé el tiempo. Resulta que estaba pasando un momento de evolución y transformación importante, se estaba divorciando. Esa Nochebuena le tocaba cenar solo. Me comentó que esa mañana se despertó recordando las ganas que siempre había tenido de ir a dar de cenar a los sin techo a un comedor social, pero claro, ya era demasiado tarde para ponerse a buscar un sitio donde ir a ayudar no, a ser ayudado. Así es como ángel define cada acción solidaria que hace. Me encanta.

Pues mi amigo decidió irse a un supermercado y compró queso, pavo, pan y el último surtido de polvorones y mini turrones que quedaba en la tienda. Fue a su casa y se puso a preparar la cena que iba a repartir por la noche.

A eso de las 7:30 salió de casa para empezar a repartir cenas, llamó a una amiga suya y mientras hablaban se cruzó con el primer mendigo pero no le dio sándwich. “¿por qué le pregunté?” me respondió que porque estaba hablando por teléfono, el acto de dar no es tirar la comida como a los leones en el zoo, hay que mirar a los ojos de las personas, que es lo que son, hablarles y ¿por qué no? Pedir un deseo juntos, el deseo de la Navidad.

Me maravilla escucharle. Lo hace todo tan fácil y hermoso.

Le pregunté si no tenía miedo. Me sorprendió su respuesta, “tenía miedo de no ser aceptado, de que le rechazaran”. Es para meditar, tenemos miedo de no ser aceptados por los que no son aceptados. Guau, la experiencia me parecía cada vez más fascinante.

Siguió contándome que cuando empezó a ser consciente de lo que hacía pensó que por qué lo hacía en Navidad y no el resto del año.

Se encontró con un hombre muy mayor, estaba al lado de una papelera, cubierto de ropas hasta arriba, hacía frío en la calle, le ofreció un sándwich y polvorones y no quiso. Dice que ya había cenado y que no necesitaba nada más. Se agradecieron mutuamente y marchó pensativo. No quiere guardar para mañana, ya ha comido y es suficiente, entonces Ángel recordó las cenas, me comentó, que ha despilfarrado cada Nochebuena, siempre las mesas llenas de comida, comer con gula, con exageración…como si nunca fuese suficiente. En ese momento me imaginé a Ángel mirando a la luna llena y agradeciendo las hermosas lecciones de la nochebuena.

Siguió caminando en busca de más “sin techo”, pasó por un parque donde solían ponerse, quizás un poco más temprano porque no había nadie ya. En ese momento pensó que quizás no fuese tan buena idea compartir la cena con Sin techo, al final es un acto de “limpieza de mi conciencia”, me decía. Pero continuó, fue debajo de un puente donde suelen dormir con sacos muchas personas indigentes. Solo había uno, todo tapado excepto su brazo y su mano que agarraba un cigarro. Se acercó y le ofreció algo de comer pero tampoco quería, le enseño su pequeña despensa, al lado suyo un par de paquetes pequeños de comida. Es suficiente. Se repite la misma lección. Le preguntó dónde habría más sin techo y le indicó. Fue hacía allí. Era un pequeño asentamiento de rumanos. Les ofreció y unos quisieron y otros no, todos agradecían. No hablaban castellano. Me comentó mi amigo que le llamó la atención sus miradas, con una ternura agresiva, como desconfiando a la vez que amando. ¿Ese será nuestro reflejo? ¿Así miramos a los indigentes? Jo, más lecciones. Ángel no quiso entrar en juicios de si dar comida en el asentamiento rumano, ni quiso preguntarse por  qué están o qué hacen…da igual. Ayer veía solo a personas que pasan frío y un hombre en busca de ayuda, él. Me comentó que le marcó la mirada de una mujer joven, morena, con unos ojazos, muy guapa y cubierta de mugre. Se peinaba con un pequeño peine roto de púas largas mientras su marido le miraba con ternura.

Siguió camino de otro punto caliente de la ciudad, en el trayecto se cruzó con dos personas que sabía que eran homeless pero que no se atrevió a ofrecerles comida…”se parecían tanto a mí. De pronto pensé que era yo, vestido como voy siempre voy, sin importarme las apariencias” ¿Qué te frenó? Le interrumpí…”si no fuesen sin techo les estaría etiquetando y creando una realidad que podría llegar a ser…podría llegar a ser yo. Eran mi reflejo”

Yo seguía escuchando atónito todos sus pensamientos. 

Continuó y se encontró en una calle de las principales, a una joven sentada sobre cartones, apoyada en la pared. Le pidió si quería compartir su cena y dijo que sí, saco un sándwich y un par de turrones y mazapanes y dijo que no quería más, que le iba a dejar a él sin cena. Se sentó al lado de ella, se llama Laura, era muy guapa, italiana y muy limpia. Estuvieron hablando de la percepción de la vida desde su punto de vista, sentía mucho dolor por como la tratamos, hablamos de los españoles, de la sociedad…una mujer muy inteligente, había estudiado Historia del Arte en Italia. Se lamenta de que nos acordemos de llevar comida solo en Nochebuena, dice que aunque no puedas dar nada, al menos una mirada, una charla, que están ahí todo el año. Otra lección más que confirmaba mis pensamientos anteriores, me confesó. Pero eso tiene solución, llevar comida más a menudo, mirar  y escuchar.

Tras la culta conversación con Laura siguió camino hacia otra plaza. Le quedaba poca comida para repartir. Ve a un grupo de cuatro personas, con ellos terminaría su reparto, Se acerca a ellos, cuando de pronto ve venir a un joven por el otro lado, con bolsas de la compra. Ángel se para y escucha. “ofrece sándwiches de pavo y queso”, como los suyos, se ríe, hay competencia hasta para dar de cenar el día de Nochebuena, me dice. Nos encanta el momento y reímos.

Le tocaba seguir buscando.

Fue hacía otra calle comenzando el camino de regreso a casa. Repartió y dejó comida en varios puntos, al lado de varios sin techo que estaban dormidos en algún rincón intentando protegerse o en algún cajero.

Le quedaban dos. Por una calle peatonal ve a un hombre buscando en las basuras. Se acercó a él y le preguntó si podía compartir su cena. El hombre que al principio tenía cara de asustado, abrió los ojos, esbozó una sonrisa y acepto agradeciendo.

Esa mirada y su sonrisa le acompañaron hasta su casa.

Antes de terminar la conversación le pregunté si le había valido la pena la experiencia…su respuesta fue “la otra alternativa hubiese sido quedarme en casa llorando por mi soledad, ahora he descubierto que no estoy solo, es mi elección sentirme como yo quiera”.

 

Nada más llegar a su casa, Ángel me llamó y compartimos emociones, pensamientos y lágrimas nos dimos cuenta de cómo ellos, los sin techo, saben que el universo proveerá, no tienen apegos, pero tienen libertad y mucha ilusión porque cambien las cosas. Ángel les hizo pedir un deseo a algunos de sus ángeles…espero que se cumplan. No me dijo cuáles eran, se los guardó para ellos y el universo.

Gracias por compartir tantas enseñanzas, amigo Ángel. Espero haberlas contado lo más fiel posible. Gracias, universo, por poner cada pieza exacta en su lugar, en este hermoso puzle llamado mundo.

Gracias, gracias, gracias.